viernes, 30 de julio de 2010

Siempre existen más opciones de las que aparentan

Unos 200 candidatos para trabajar en una importante empresa se encontraban realizando las entrevistas y pruebas que la gerencia necesitaba para la selección definitiva. Uno de los test planteaba el siguiente problema:

Estás manejando un deportivo rojo dos puestos último modelo. Es de noche y llueve a cántaro desde hace más de seis horas. En buena parte de la ciudad se ha ido la luz y las telecomunicaciones no están funcionando. Cuando llegas a un semáforo, divisas que en la parada de autobús hay tres personas esperando, pero es más de media noche y el transporte público ya no trabaja más. Cuando te aproximas ves que se encuentra un viejo amigo tuyo que dos años atrás salvó tu vida de una muerte segura. A su lado está sentada una mujer anciana que se ve muy pálida, con escalofríos y una tos espantosa. No hay duda de que debe ir de inmediato al hospital o morirá. La tercera persona es el hombre (o mujer) de tu vida. Fue un flechazo a primera vista y sabes que si no aprovechas ese instante y la dejas ir, más nunca volverás a verla ni a conseguir otra persona igual. Entonces, tienes un solo puesto en carro, no puedes llevar sino a una persona ¿Qué haces?: (selecciona una sola opción)

  1. Te llevas al amigo que te salvó la vida
  2. Te llevas a la anciana para salvarle la vida
  3. Te llevas al hombre (o mujer) de tu vida
Cada una de los candidatos realizó su selección, algunos lo hicieron a conciencia, otros lo pensaron bien y pusieron lo que creían que era más adecuado para conseguir el trabajo. Unos pocos se quejaron de que eso era un caso extremo e irreal o una suerte de trampa emocional, a pesar de lo cual seleccionaron una de las opciones.

Solo una persona dejó las opciones en blanco y agregó una nota:
Yo le daría el carro a mi amigo para que llevara a la anciana a un hospital, y me quedarían en la parada de autobús junto a la mujer de mi vida.
Esta persona fue la que obtuvo el empleo.


En muchas ocasiones solemos pensar en blanco o negro, en bueno o malo, en si o no, en grande o pequeño, en gordo o flaco, en izquierda o derecha, es decir en dos dimensiones. Cuando mucho buscamos un punto intermedio o central, pero que de alguna manera siempre nos ubica en el medio de una línea recta imaginaria entre las dos alternativas extremas, de manera que seguimos pensando en dos dimensiones. Buscar más opciones se nos hace difícil, llegamos a una “zona cómoda” de la que nuestros pensamientos no desean salir. En realidad podemos ser más creativos cuando nos plantean un problema sin adelantarnos ninguna solución posible que cuando frente al mismo problema nos dan a escoger entre varias opciones. Entonces nos concentramos en cual de las opciones debe ser la más adecuada y nos olvidamos que quizás existe otro camino diferente a los ya planteados.

jueves, 29 de julio de 2010

No hacen falta pruebas de que Dios existe

En cierta ocasión un afamado astronauta se encontró con el prestigio médico que tiempo atrás lo había operado. En el transcurso de la conversación el astronauta afirmó:

- Estoy convencido de que Dios no existe.

- ¿Porqué? ¿Cómo es eso? – preguntó el médico.

- Viajé varias veces por el espacio, viví seis meses en la estación espacial, pasé horas enteras escudriñando el espacio, pero jamás vi a Dios.

El médico se quedó pensando unos segundos y repuso:

- Pues sabes que los pensamientos tampoco existen

- ¿Cómo?

- Pues bien, sabes que soy neurocirujano. He abierto y operado cientos de cerebros, inclusive el tuyo, y por más que he buscado, jamás llegué a ver o a tocar un pensamiento.

- Pero es que un pensamiento no es algo tangible, no es algo que se pueda ver y tocar a placer – replicó el astronauta – Los pensamientos existen, sin necesidad de que tengas pruebas físicas en tus manos.

- ¿Y que te ha hecho pensar que con Dios es diferente? ¿Y porqué quieres ver y tocar a Dios para convencerte que existe?

miércoles, 28 de julio de 2010

Los dos lobos dentro de tí ¿A cual alimentas?

Dejando su pipa a un lado, el viejo indio levantó la mirada y todos los niños de la tribu que estaban sentados a su lado guardaron silencio. Como tantas otras noches, estaban a la expectativa de que el anciano les brindara uno de los cuentos con los que solía transmitir la sabiduría que su tribu había atesorado desde hacía cientos de años.

Solo se escuchaba el rumor de la suave brisa y los sonidos que producían las llamas de la pequeña fogata que los calentaba.

- ¿Saben? – comenzó diciendo -, dentro de cada uno de nosotros existen dos lobos. Uno de ellos es malo, está cargado de odio y rencor, quiere dominarnos por la fuerza, es vengativo, arrogante y violento. En cambio, el otro lobo es bueno, trae consigo la compasión y la serenidad, no quiere dominarnos sino que seamos reflexivos, es sabio, justo y amoroso. Constante estos dos lobos pelean dentro de nuestros corazones.

El indio hizo una pausa para darle una bocanada a su pipa, cuando uno de los niños rompió el silencio para preguntar:

- ¿Y cual de los dos lobos gana la pelea?

Con mucha dulzura el anciano miró al niño, respiró profundo y le dijo:

- En algunas personas, gana el bueno, pero en otras gana el malo. Todo depende de a cual lobo alimente cada quién.

martes, 27 de julio de 2010

Ayudar no es hacer todo el trabajo del otro

En el amplio patio de juego de un colegio, un joven que estaba en silla de ruedas quiso hacer una maniobra algo arriesgada y terminó en el suelo, a un lado de su silla. Rápidamente trató de reincorporarse haciendo fuerza con sus brazos y apoyándose la silla. Pero el freno de las ruedas no estaba puesto por lo que la silla empezó a moverse oscilando de adelante hacia atrás y viceversa, hasta que se súbitamente se volteó.

Mientras esto ocurría se acercaba apresuradamente al joven un maestro que desde el otro lado del patio había presenciado lo ocurrido. Cuando el maestro llegó, se percató que el joven no se había lesionado gravemente

- ¿Estás bien? – preguntó el maestro.

- Si – respondió el joven.

Pero al ver que el maestro se quedaba a su lado sin hacer nada, el joven extendió los brazos y le dijo:

- Ayúdeme, por favor.

- No, jovencito, usted puede hacerlo solo.

El joven protestó, lloriqueó, pataleó, amenazó, utilizó todos los recursos emocionales y de chantaje que a lo largo de los años había aprendido para manipular a sus padres y amigos. Pero nada de eso funcionó. El maestro seguía a su lado sin ayudarlo y sin dejar que sus compañeros se acercasen a él. Finalmente, viendo que no tenía más opciones, continuó con su intento de pararse por su propia cuenta. Primero enderezó la silla haciendo un increíble juego de palancas con sus brazos y dos tubos del artefacto. Luego, recordando lo ocurrido minutos atrás, aseguró los frenos de ambas ruedas para que la silla no se volviera a mover. Finalmente y tras un increíble esfuerzo se sentó en el suelo, con las manos agarrando firmemente de los apoyabrazos alzó su cuerpo al la par que iba contorsionando su tronco para enderezar el cuerpo y terminar sentado en la posición correcta. Mientras acomodaba sus piernas en los apoya pie de la silla, miró con rabia al maestro, increpándole:

- Usted no es bueno, no me ha ayudado.

Soltó los frenos y empezó a retirarse. El maestro se quedó en el lugar viendo cómo se alejaba poco a poco, mientras que sus compañeros empezaron a rodearlo y aplaudirle. De repente el joven se detuvo, se volteó y le dijo al maestro con una lágrima corriendo por su mejilla:

- Gracias, sin su ayuda no lo hubiera podido hacer solo.

lunes, 26 de julio de 2010

¿Antigüedad o meritocracia?

Mike tenía ya cuatro años en la empresa, destacándose como un trabajador ejemplar: era respetuoso, cumplía a cabalidad con su horario, nunca faltaba, hacía todo lo que le solicitaran y en ocasiones trabajaba los sábados o se quedaba hasta más tarde para terminar las cosas urgentes. Tenía grandes esperanzas de obtener un ascenso en la empresa cuando quedó vacante la plaza de un supervisor, sin embargo el puesto fue ocupado por Tomás, un compañero suyo que apenas tenía seis meses en la empresa.

Desilusionado y rabioso, tomó la determinación de hablar con el gerente para reclamar lo que él consideraba una gran injusticia. Cuando atravesó la puerta de la oficina, el gerente lo invitó a sentarse y le preguntó:

- Dime Mike, ¿Qué quieres?

- Con todo respeto – contestó Mike – vengo a mostrar mi desacuerdo por la designación de Tomás como supervisor. Él solo tiene seis meses en la empresa, en cambio yo tengo más de cuatro.

Espera un momento – dijo el gerente sin alterarse –, antes que continúes tengo que pedirte un favor urgente. Como sabes, en dos horas tendremos una reunión con todos los empleados de la empresa y nos faltan varias cosas. ¿Podrías ir a la librería que está cruzando la calle y averiguar si tienen carpetas azules.

Sin protestar, Mike salió un momento para cumplir con lo encomendado y regresó rápidamente.

- Cuéntame – dijo el gerente.

- Si, tienen las carpetas azules – dijo Mike.

- ¿Y cuanto cuestan?

- No pregunté.

- Bueno, no importa. Pero ¿tienen 150 para que alcancen para todos nosotros?

- Tampoco pregunté eso – respondió Mike –, pero si quiere voy un momento a averiguarlo y ya regreso.

- No, no hace falta. Gracias de todos modos. Siéntate que ya vamos a continuar con nuestra conversación. Pero antes dame unos minutos.

De inmediato el gerente llamó a Tomás y frente a Mike le pidió exactamente el mismo favor. Tomás se fue y poco tiempo después volvió.

Señor – dijo sin muchos rodeos –, si, tienen las carpetas azules que usted pidió y alcanzan para todo el personal. Buscando otras opciones, vi otras carpetas que aunque son de color verde me parecen de mejor calidad y cuestan cerca de 30 % menos. Aquí tiene el presupuesto de ambas opciones. También averigüé que si compramos junto con las carpetas los bloc de 50 hojas y los bolígrafos nos pueden hacer un descuento adicional. Tienen bolígrafos de tinta azul o negra, a nuestra conveniencia. Como les dije que es bastante urgente, ellos pueden preparar todo el material en menos de una hora e incluso traérnoslo si les tenemos el cheque listo. Basta con llamarlos a este número para confirmar el pedido.

Muy bien, dame unos minutos y te notifico la decisión – respondió el gerente, quién de inmediato dirigió su mirada a Mike –. Disculpa la demora, esto era urgente. Ahora si, dime, ¿de qué querías hablarme?

sábado, 24 de julio de 2010

El rencor, una carga para nosotros mismos

En un antiguo monasterio, el monje más sabio convocó a todos los aprendices a una reunión en el área de la cocina. A medida que fueron llegando los jóvenes, el maestro les fue entregando a cada uno un saco de lona desteñida. Cuando todos se colocaron alrededor de la mesa central el monje les dijo:

- Todos guardamos en nuestro corazón diversos rencores contra familiares, amigos, vecinos, conocidos, desconocidos y a veces hasta contra nosotros mismos. Busquen en el fondo de sus corazones todas las ocasiones en las cuales ustedes han dejado de perdonar alguna ofensa, algún agravio o cualquier acción que les haya producido dolor. Entonces tomen una de estas papas, escriban sobre ella el nombre de la persona involucrada y colóquenla en el saco que les di. Repitan esta acción hasta que ya no encuentren más casos en su memoria.

Acatando las instrucciones, todos fueron llenando poco a poco sus respectivos sacos. Al terminar el monje agregó:

- Ahora deberán cargar el saco que llenaron durante todo el día a lo largo de dos semanas, sin importar dónde vayan o qué tengan que hacer.

Pasados quince días, el sabio volvió a reunir a los aprendices y les preguntó

- ¿Cómo se han sentido? ¿Qué les ha parecido esta experiencia?

- Es una carga realmente pesada, tal vez excesiva. – Respondió uno – Estoy cansado y me duele la espalda.

- No es tanto el peso, sino el olor nauseabundo que empiezan a emitir la papas que ya están podridas – replicó otro.

- Cuanto más pensaba en las papas, más me pesaban y más sentía ese desagradable olor – dijo un tercero.

A lo que el maestro contestó:

- Pues bien, eso mismo es lo que pasa en nuestros corazones y en nuestro espíritu cuando en lugar de perdonar guardamos rencor. Al no perdonar a quién nos hirió, creemos que le estamos haciendo daño, pero en realidad nos perjudicamos a nosotros mismos. No sabemos si al otro le importa o no recibir nuestro perdón, pero lo que si es cierto es que el rencor que vamos acumulando a través del tiempo afecta nuestra autoestima, nuestra capacidad de vivir a plenitud, de amar, de ser felices y de desarrollarnos emocional y espiritualmente. El rencor se convierte en una fuerte y desagradable carga que lamentablemente se va haciendo más pesada cada vez que pensamos en lo ocurrido. El rencor va secando nuestro corazón. Aprendamos a perdonar al otro aún si no se ha disculpado, aún si no se lo merece. No sabemos si ese perdón será de utilidad para el otro, lo importante es que con toda seguridad nos fortalecerá a nosotros mismos.

viernes, 23 de julio de 2010

Hijo, ¿Por qué nos mientes?

Juan era un joven como muchos otros: mentía. Si, mentía con frecuencia y por cualquier cosa. Sus padres se habían percatado de ello, pero era poco lo que hacían al respecto. De vez en cuando le llamaban la atención o lo reprendían levemente, aunque lo común era que se hacían de la vista gorda. Creían que se trataba de algo pasajero y que pronto dejaría de hacerlo. Pero no fue así. Cada vez sus mentiras se volvieron más complejas y afectaban a todos los que lo rodeaban.

Un día llegó a casa con una mentira que involucró gravemente a su hermano menor. Fue la gota que derramó el vaso. Sus padres se pusieron furiosos y perdieron la compostura. Sin medir sus palabras acusaron al joven de mentiroso, de desagradecido, de no querer a su familia. Juan se sintió acorralado y optó por callar mientras sus padres alterados seguían vociferando cualquier cantidad de preguntas, cuestionamientos y amenazas.

Mientras su madre acusaba a la escuela y las maestras por no haberle enseñado el valor de decir la verdad y por no haberlo corregido a tiempo, la mente de Juan empezó a divagar. De repente recordó que una vez, cuando era niño, había salido con su madre al mercado. En el camino se detuvieron frente a una tienda donde ella se compró una hermosa blusa. Luego continuaron su camino y cuando llegaron al mercado el dinero no alcanzó para todo lo que tenían que comprar. Al llegar a la casa ella le dijo a su esposo que no le había dado suficiente dinero, que las cosas habían subido mucho de precio y que ya la plata no alcanzaba para nada… pero no le dijo que se había comprado la blusa. Luego le vinieron a la mente diversas ocasiones en la que ella le había dicho a su papá que había pasado toda la tarde limpiando y ordenando la casa, cuando en realidad había visto todas las novelas de la tarde.

Continuaba la discusión en la casa. El padre de Juan también tenía culpables. Las mentiras debían ser fruto de las malas influencias de los vecinos y sus amigotes del colegio que nunca le dieron buena espina. En ese momento Juan recordó las numerosas veces que al sonar el teléfono su padre le decía que atendiera y que si era fulanito o sutanito le dijera que todavía no había llegado a la casa o que estaba durmiendo. También recordó las veces que su papá le había dicho a su mamá que estaba en el trabajo, cuando en realidad iba a un bar con sus amigos.

Cuando ya las cosas se fueron calmado en la casa, sus padres se sentaron frente a él, lo miraron a los ojos y le preguntaron con serenidad:

- Hijo ¿Por qué nos mientes?

Juan los miró a los ojos y aunque nunca contestó, en su mente apareció claramente la respuesta:

- ¡Porqué ustedes me enseñaron!

miércoles, 21 de julio de 2010

Dios siempre está presente

En cierto pueblo vivía Pedro, un hombre que creía fervientemente en Dios.

Un día empezó a llover y al ver que se aproximaba una fuerte inundación, todos los lugareños decidieron abandonar el lugar y ponerse a buen resguardo. Cuando pasaron por casa de Pedro, éste les dijo que se quedaba ya que “Dios lo iba a salvar”. No hubo manera de convencerlo, Pedro se quedó y todos los demás se fueron.

Transcurrieron las horas y el nivel del agua subió más de metro y medio. En eso pasó por casa de Pedro un hombre en su pequeño bote. Le ofreció un espacio para que se subiera, pero Pedro se negó nuevamente ya que “Dios lo iba a salvar”. Sin entender la actitud de Pedro, el hombre siguió navegando en búsqueda de otros a quienes ayudar.

Seguía lloviendo a cántaros y pronto el agua obligó a Pedro a subir sobre el tejado de su vivienda. En eso llegó un helicóptero de rescate que sobrevolaba la zona. Una vez más Pedro se negó a partir ya que “Dios lo iba a salvar”.

Pero la fuerza de la naturaleza fue implacable, destruyó la casa y se llevó consigo la vida de Pedro.

Como era un buen hombre, el alma de Pedro subió al cielo donde se encontró con Dios. Al verle, Pedro le preguntó entristecido:

- Toda mi vida creí en ti y seguí la senda del bien. Fervientemente estaba convencido que me ibas a salvar, pero no fue así. Ahora yo estoy aquí, mientras que mis seres queridos lloran mi muerte. ¿Por qué no me salvaste de aquella tragedia?

Con mucha dulzura, Dios le respondió:

- Hijo mío, claro que traté de salvarte: envié primero a tus vecinos, luego a un buen hombre con su bote y finalmente a un helicóptero de rescate, sin embargo en cada ocasión tú te negaste a recibir la ayuda.