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jueves, 11 de noviembre de 2010

El héroe del día

En una cena de una escuela de niños con capacidades especiales, el padre de un estudiante pronunció un discurso que nunca Será olvidado por las personas que lo escucharon.

Después de felicitar y exaltar a la escuela y a todos los que trabajan en ella, este padre hizo una pregunta:

Cuando no hay agentes externos que interfieran con la naturaleza, el orden natural de las cosas alcanza la perfección. Pero mi hijo, Herbert, no puede aprender como otros niños lo hacen. No puede entender las cosas como otros niños. ¿Donde está el orden natural de las cosas en mi hijo?

La audiencia quedó impactada por la pregunta.

El padre del niño Continuó diciendo: 'Yo creo que cuando un niño como Herbert, física y mentalmente discapacitado viene al mundo, una oportunidad de ver la naturaleza humana se presenta, y se manifiesta en la forma en la que otras personas tratan a ese niño'.

Entonces contó que un día caminaba con su hijo Herbert cerca de un parque donde algunos niños jugaban baseball. Herbert le preguntó a su padre:

- ¿Crees que me dejen jugar?

Su padre sabía que a la mayoría de los niños no les gustaría que alguien como Herbert jugara en su equipo, pero el padre también entendió que si le permitían jugar a su hijo, le darían un sentido de pertenencia muy necesario y la confianza de ser aceptado por otros a pesar de sus habilidades especiales.

El padre de Herbert se acercó a uno de los niños que estaban jugando y le preguntó, sin mucha esperanza, si Herbert podría jugar.

El niño miró alrededor por alguien que lo aconsejara y le dijo:

- Estamos perdiendo por seis carreras y el juego esta en la octava entrada. Supongo que puede unirse a nuestro equipo y trataremos de ponerlo al bate en la novena entrada'.

Herbert se desplazó con dificultad hasta la banca y con una amplia sonrisa, se puso la camisa del equipo mientras su padre lo contemplaba con lágrimas en los ojos por la emoción. Los otros niños vieron la felicidad del padre cuando su hijo era aceptado.

Al final de la octava entrada, el equipo de Herbert logró anotar algunas carreras pero aún estaban detrás en el marcador por tres.

Al inicio de la novena entrada, Herbert se puso un guante y jugó en el jardín derecho.

Aunque ninguna pelota llegó a Herbert, estaba obviamente extasiado solo por estar en el juego y en el campo, sonriendo de oreja a oreja, mientras su padre lo animaba desde las graderías.

Al final de la novena entrada, el equipo de Herbert anoto de nuevo. Ahora, con dos outs y las bases llenas, la carrera para obtener el triunfo era una posibilidad y Herbert era el siguiente en batear.

Con esta oportunidad, ¿dejarían a Herbert batear y renunciar a la posibilidad de ganar el juego? Sorprendentemente, Herbert estaba al bate.

Todos sabían que un solo hit era imposible por que Herbert no sabía ni como agarrar el bate correctamente, mucho menos pegarle a la bola.

Sin embargo, mientras Herbert se paraba sobre la base, el pitcher, reconoció que el otro equipo estaba dispuesto a perder para permitirle a Herbert un gran momento en su vida, se movió unos pasos al frente y tiro la bola muy suavemente para que Herbert pudiera al menos hacer contacto con ella.

El primer tiro llegó y Herbert abanicó torpemente y falló.

El pitcher de nuevo se adelantó unos pasos para tirar la bola suavemente hacia el bateador. Cuando el tiro se realizó Herbert abanicó y golpeó la bola suavemente justo enfrente del pitcher.

El juego podría haber terminado. El pitcher podría haber recogido la bola y haberla tirado a primera base. Herbert hubiera quedado fuera y habría sido el final del juego. Pero, el pitcher tiró la bola sobre la cabeza del niño en primera base, fuera del alcance del resto de sus compañeros de equipo.

Todos desde las graderías y los jugadores de ambos equipos empezaron a gritar:

- Herbert corre a primera base, corre a primera'

Nunca en su vida Herbert había corrido esa distancia, pero logró llegar a primera base. Corrió justo sobre la línea, sobresaltado y con los ojos muy abiertos.

Todos gritaban:

- ¡Corre a segunda!

Recobrando el aliento, Herbert con dificultad corrió hacia la segunda base. Para el momento en que Herbert llegó a segunda base el niño del jardín derecho tenía la bola. Era el niño más pequeño en su equipo y que sabía que tenía la oportunidad de ser el héroe del día. El podía haber tirado la bola a segunda base, pero entendió las intenciones del pitcher y tiro la bola alto, sobre la cabeza del niño en tercera base.

Herbert corrió a tercera base mientras que los corredores delante de el hicieron un circulo alrededor de la base. Cuando Herbert llegó a tercera, los niños de ambos equipos, y los espectadores, estaban de pie gritando:

- ¡Corre a home, corre!

Herbert corrió al home, se paró en la base y fue vitoreado como el héroe que bateó el grand slam y ganó el juego para su equipo.

- Ese día, - dijo el padre con lágrimas bajando por su rostro - los niños de ambos equipos ayudaron dándole a este mundo un trozo de verdadero amor y humanismo.

Herbert no sobrevivió otro verano. Murió ese invierno, sin olvidar nunca haber sido el héroe y haber hecho a su padre muy feliz, haber llegado a casa y ver a su madre llorando de felicidad y ¡abrazando a su héroe del día!


Esta historia de la vida real que desde hace ya tiempo circula por Internet, nos recuerda aquellas palabras de Jesucristo cuando decía "dejad que los niños vengan a mi ya que de ellos es el reino de los cielos". Uno se pregunta ¿cuántas veces los adultos nos negamos a reaccionar de la misma manera cuando estamos ante una persona en desventaja? Y la pregunta no tiene que ver con casos extremos como el del niño de la historia, sino con personas normales muy parecidas a uno que por una u otra razón no tuvieron las mismas oportunidades, que ejercen oficios menos "importantes" que el nuestro, que ganan menos, que pertenecen a otro estrato social. Basta ver la manera con que muchos tratan al que barre las calles, al portero, a la recepcionista, a un subalterno, etc.
El niño murió pensando y sintiéndose un héroe, aunque los verdaderos héroes fueron todos los otros niños, los que lo dejaron jugar sabiendo que con ello no tenían oportunidad de ganar, y también los que tenían la victoria segura y la dejaron pasar para brindarle a Herbert la oportunidad de su vida.


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jueves, 30 de septiembre de 2010

Que fácil es...

Cuentan que se produjo un gran cuchicheo en la Corte cuando Cristóbal Colón regresó a España después de haber descubierto lo que entonces se pensaba que era una nueva ruta para llegar a las Indias. Cada quién tenía su propia opinión sobre lo que había ocurrido y la diversidad de puntos de vista formaba el menú principal de las tertulias a media voz. Los más envidiosos y celosos no dudaban en afirmar que lo que había hecho Colón no era ninguna proeza, que en realidad no era difícil encontrar nuevas rutas en la inmensidad del mar.


En cierta ocasión, uno de ellos no tuvo reparo en dejarle saber su opinión al célebre Almirante, minimizando su hazaña al calificarla como algo muy fácil de realizar. Entonces, ante la extrañeza de todos, Colón pidió que le trajeran un huevo. Unos minutos después, Colón lo colocó sobre la mesa central y les preguntó:

- ¿Quién puede parar este huevo sobre la mesa sin que se caiga cuando lo suelte?

Varios lo intentaron, pero no había forma de colocar el huevo en posición vertical sin que inmediatamente cayera a un costado. Finalmente Colón tomó nuevamente el huevo, eligió uno de los extremos y con suavidad lo golpeó hasta que la cáscara se grietó y se aplanó ligeramente, sin que llegara a salir algo de su contenido. Entonces colocó el huevo en posición vertical sobre la mesa y allí permaneció inmóvil ante el asombro de todos. Dirigió su mirada hacia quién lo había interpelado y le dijo:

- Ahora todos ustedes serán capaces de hacerlo y de decir que es muy fácil. Pero hace un instante dijeron que era imposible. Lo difícil no es repetir lo que ya otra persona ha resuelto, lo difícil es idear la solución por primera vez, cuando todavía nadie ha resuelto el problema.

Cuántas veces hemos juzgado los logros y triunfos de los demás bajo la misma óptica de los envidiosos y celosos de esta historia. Cuántas veces hemos dejado de apreciar el esfuerzo de los demás cobijados en la excusa que es “muy fácil”. Verdaderamente es muy fácil criticar, es muy fácil decir a los demás cómo hay que hacer las cosas, es muy fácil decir que ya lo habíamos pensado o que ya lo sabíamos. El problema es justamente que “es muy fácil”, y por eso nunca lo hicimos nosotros mismos…


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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Una lección de cortesía y urbanidad

En cierta ocasión Tomás Jefferson, quién entonces era presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, caminaba por una vía de la capital junto a un importante empresario. Mientras hablaban de diversos asuntos, un esclavo negro se cruzó con ellos y al reconocer al estadista lo saludó con gran cortesía. El presidente devolvió el saludo con mucha amabilidad y el empresario quedó sorprendido por el hecho, diciendo:


- Pero señor presidente, ¿Cómo es posible que usted se moleste siquiera en saludar a ese esclavo negro?

- ¿Cree usted – contestó Jefferson – que es bueno que un esclavo supere a un presidente en normas de cortesía y urbanidad?


En nuestra vida cotidiana ¿somos capaces de comportarnos como el presidente o más bien pensamos como el empresario?


¿Cuántas veces juzgamos y tratamos a los demás en función de nuestra posición económica, laboral y/o social?


¿Cuántas veces dejamos de saludar al que barre en la calle o el que maneja un autobús?


¿Cuántas veces vemos con desdén al peatón que se nos atraviesa?


¿Cuántas veces tratamos a conserjes y personal doméstico como seres inferiores?


¿Cuántas veces en el trabajo damos a nuestros superiores un mejor trato que el que ofrecemos a nuestros subordinados?


¿Cuántas veces nuestros amigos reciben más atención que nuestra pareja o nuestros hijos?


¿Cuántas veces…….?


¿Seremos capaces un día de tratar a todo el mundo por igual sin importar el dinero, la posición social, el color de la piel, la nacionalidad, su posición política y/o su fe religiosa?



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martes, 14 de septiembre de 2010

El valor del trabajo

Varios cuentos han circulado por Internet con diferentes versiones de esta historia. Unos hablan de un hombre que arregla una imprenta, otros de un técnico de computación que “salva” un disco duro importantísimo para una empresa, y así sucesivamente. A mí me gusta esta versión que sin ser tan espectacular, al parecer ocurrió en la vida real hace ya muchos, muchos años:

Cuando el pintor norteamericano James Abbott McNeal Whistler (1834-1903) gozaba ya de renombre, un ricachón le encargó su retrato. Antes de iniciar el trabajo acordaron un precio que era bastante alto, pues Whistler ya era un artista muy cotizado. Se le describía como “el maestro de las armonías cromáticas”, debido a su clara tendencia impresionista. El artista terminó el retrato en tres días, pero su cliente se negó a pagar la considerable suma acordada, alegando que era una retribución excesiva por solo tres días de trabajo. Al no llegar a un acuerdo tuvieron que presentarse en los tribunales. Tras escuchar la acusación contra el pintor, el juez le preguntó a Whistler cuánto tiempo le había llevado hacer el retrato, y él contestó sin titubear: “He tardado tres días en pintarlo y toda una vida en llegar a poder pintarlo en tres días, Señor Juez”. Al terminar con los alegatos se presentó la sentencia a favor de Whistler y naturalmente el ricachón tuvo que pagar el cuadro y todos los costos del juicio.

sábado, 14 de agosto de 2010

¿Dios por qué a mí?

Esta es una historia verídica que tuvo como protagonista Arthur Ashe, un gran tenista afroamericano nacido en 1943, en Virginia, Estados Unidos.

Ashe se convirtió en una leyenda del tenis profesional: en 1963 fue el primer jugador afroamericano en formar parte de un equipo estadounidense de Copa Davis; en 1968 ganó el Abierto de los Estados Unidos, su primer Grand Slam, y llevó al equipo de los Estados Unidos a consagrarse campeón de Copa Davis; en 1970 obtuvo su segundo Grand Slam, al ganar el Abierto de Australia; y en 1975 ganó el título en Wimbledon.

Además de estos y otros éxitos en el tenis, Arthur Ashe fue un gran luchador contra las políticas del apartheid en Sudáfrica, debido a que en 1969 le fue denegada una visa de parte del gobierno sudafricano por ser negro.

Pero su prueba más dura todavía estaba por venir.

En 1988 se le diagnosticó sida (VIH), que contrajo por unas transfusiones de sangre a raíz de una operación de corazón abierto que se le realizó unos años antes.

Como era una importante figura pública del deporte norteamericano, recibió enormes cantidades de cartas de todos los rincones de su país. En una de las misivas uno de sus fans le dijo:

- ¿Por qué Dios tuvo que seleccionarte a ti para tan fea enfermedad?

Arthur Ashe respondió así:

- En el mundo hay 50 millones de niños que comienzan a jugar al tenis, 5 millones aprenden a jugarlo, 500.000 alcanzas un nivel profesional, 50.000 entran al circuito profesional, 5.000 logran jugar en torneos importantes, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales y 2 a la final. Cuando yo estaba levantando la copa nunca pregunté: ¿Dios, por qué a mí? Y hoy con mi enfermedad y mi dolor tampoco preguntaré ¿Dios, por qué a mí?
¿Por qué nos acordamos de Dios sólo en los malos momentos?
¿Por qué culpamos a Dios de nuestras desgracias?


¿Por qué cuando nos va bien, el mérito es nuestro y no de Dios?


¿Por qué cuando la muerte se acerca lo vemos como un castigo de Dios?


¿Por qué las cosas malas no deberían ocurrirnos a nosotros sino a los demás?






Solo con la fe y el acercamiento a Dios encontrarás las respuestas correctas


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viernes, 6 de agosto de 2010

No son fracasos, es el camino al éxito

Cuando Thomas Alva Edison trabajaba en uno de sus inventos, tuvo muchos problemas con una pieza en particular. Hizo cerca de doscientas de estas piezas, pero una tras otra falló y sus colaboradores empezaron a desanimarse por todos los fracasos consecutivos. Sin entender mucho lo que pasaba, el más joven de sus ayudantes le preguntó:

- ¿Qué está haciendo ahora?

- Trato de encontrar un nuevo tipo de acumulador – respondió Edison -, ya he experimentado con unos doscientos prototipos.

- Pero ha fracasado una y otra vez – dijo el joven.

- No – replicó tajantemente Edison –, no he fracasado ni una sola vez.

- Pero nunca han funcionado, esos no son buenos resultados.

- Mis resultados han sido extraordinarios. Ya sé que hay doscientas fórmulas que no me sirven para nada.

Con optimismo y perseverancia, Edison siguió trabajando y poco tiempo después, en 1877, presentó su nuevo invento, el fonógrafo, el primer aparato capaz de grabar y reproducir sonidos.
Frente a un experimento, un trabajo, un proyecto y hasta la vida misma, un resultado negativo no es un fracaso a menos que uno desista de seguir intentándolo. Todo tropiezo, toda caída, es en realidad un aprendizaje que si se afronta con optimismo y perseverancia, nos traerán extraordinarias enseñanzas sobre las cuales podremos forjar el camino hacia el éxito.