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jueves, 12 de agosto de 2010

El camello amarrado

Bajo la calurosa luz del sol, una caravana atravesaba las arenas del desierto. Poco antes del atardecer se detuvieron para preparar el campamento donde iban a pernoctar. Un joven al que habían contratado para que se ocupara de los camellos se le acercó al jefe del grupo diciéndole:

- Tengo un problema, son 18 camellos y solo tengo 17 cuerdas para amarrarlos.

- Eso no es ningún problema – le dijo el jefe –, los camellos no son muy inteligente. Amarra los primeros 17 y luego te acercas al último y simulas amarrarlo a él también. Como habrá visto que todos sus compañeros fueron amarrados y habrá sentido que te acercaste a hacerle lo mismo, se quedará quieto toda la noche pensando que él también está atado.

El joven fue a hacer lo que le dijo el jefe sin protestar pero sin creer nada de lo que había escuchado. Al terminar se percató de que el último camello se quedó tranquilo junto a sus compañeros.

Al amanecer el joven vio con alivio que el camello permanecía allí donde lo había dejado. Entonces liberó a los otros 17 camellos ya que pronto debían partir. Cuando la caravana se puso en camino, el joven corrió hacia su jefe diciendo:

- Espere, espere, hay un camello que no nos sigue.

- ¿Es el mismo camello al que simulaste amarrar anoche? – contestó el jefe con una media sonrisa en los labios.

- Si ¿Cómo lo sabe?

- Seguro que esta mañana se te olvidó soltarlo

- Pero no tiene amarras

- Lo sé – contestó pacientemente el jefe –, pero el camello todavía piensa que está amarrado. Corre, simula soltarlo y verás que se pondrá en camino.

Lo mismo nos pasa a nosotros muchas veces. Nuestros prejuicios y paradigmas mentales nos colocan una atadura inexistente que no nos permite avanzar en nuestra vida, que nos amarra a creencias sin sentido y nos impide emprender la construcción de nuestros sueños y metas.


miércoles, 11 de agosto de 2010

El niño héroe

Durante un frío invierno, dos niños patinaban en la superficie de un pequeño río congelado. En su ir y venir, se acercaron a un sitio donde el hielo era más delgado. De pronto la superficie se rompió a los pies de uno de ellos y en menos de un segundo el niño cayó al agua helada sumergiéndose de inmediato. La corriente lo alejó del hueco por donde había caído, hasta que se detuvo gracias a un gran peñasco que se encontraba en el lecho del río. Afortunadamente en ese lugar se había producido una gran burbuja de aire entre el agua y el hielo gracias a la turbulencia.

Su amigo, que vio todo horrorizado, lo siguió con la mirada y al ver que se había detenido unos metros más adelante, corrió a la orilla, tomó una pequeña piedra, regresó y rápidamente empezó a golpear la dura superficie con todas sus fuerzas. Pasaron solo unos 30 segundos que parecieron una eternidad, pero finalmente logró abrir un pequeño boquete que le permitió a su amigo sujetarse y tomar frescas bocanadas de aire.

Entre tanto varias personas que habían observado lo ocurrido a lo lejos, llegaron corriendo y ayudaron al niño a salir del agua. Inmediatamente después hicieron acto de presencia los bomberos y una ambulancia se lo llevó al hospital.

Una vez más calmada la situación, el jefe de los bomberos analizó la situación comentando en voz alta:

- Es imposible que con esa pequeña piedra una persona, y mucho menos si es niño, pueda romper ese hielo tan duro. No entiendo cómo lo hizo. Es imposible.

Tras lo cual un anciano que estaba presente le contestó

- ¡Yo si sé cómo lo hizo! – y cuando todos se voltearon a verlo prosiguió - Lo pudo hacer porque nadie estuvo aquí para decirle que era imposible.
¿Cuántas veces le decimos a los demás que algo es imposible por el simple hecho de que nosotros no somos capaces de hacerlo o no sabemos cómo hacerlo?
Y lo que es peor, ¿cuántas veces le hacemos caso a los que nos dicen que algo es imposible y bajamos nuestros brazos sin ni siquiera intentarlo?